Rastro de Desesperanza

Sin mucho esfuerzo aun puedo recordar el olor a desesperanza que me invadió cuando escuché el portazo, el picaporte de la puerta me pareció asemejarse (como por arte de magia) a un signo de interrogación, quizás la interrogación que cerraba en un instante todas y cada una de mis preguntas, esas que durante meses le escribía a una inservible hoja de papel que colocaba por las noches debajo de la almohada a modo de rudo diario.

Portazos, puertas, cierres, respuestas…

No podía respirar, no sabía si debía mirarla, la sentía respirar detrás de mi; yo no sabía que ese iba a ser por siempre su lugar para conmigo, de muda protectora de mi vida. No fui capaz de controlar mis pies, que respondían a un reflejo inconsciente, casi un instinto y comencé a cruzar el salón, sin más luz que la de la ventana de aquella habitación de madera que aún olía a él.

Apresuré mis pasos y llegué a asomarme justo a tiempo para limpiar las gotas de lluvia del cristal y verle, no si estaba empañada la ventana o mi mirada, no se si escupían baho los grados bajo cero de esa helada noche madrileña o era producto de mi boca entreabierta, paralizada, incrédula.

Caminaba cabizbajo, arrastraba su maleta (esa color verde intenso de bosque centenario), los nervios no debieron permitirle cerrarla bien y por el hueco de la cremallera forzada vi caer mi admiración hecha añicos, vi rodar mis referencias convertidas en fino polvo de arena, vi golpearse contra el suelo mis sonrisas de inocencia… todo el equipaje se le estaba cayendo, yo me caía.
Dejaba pedazos de vida, los regalaba a aquella calle con nombre de mar, tal vez consideró que aquella gélida acera era el lugar adecuado para formar una alfombra con instantáneas de mi infancia.

Cuando mi vista ya no alcanzaba a verle, me acordé de ella, siempre en segundo lugar. ¿Dónde la había dejado? ¿Colgada del picaporte de la despedida? Deshice de nuevo el camino oscuro por el salón oscuro, de esa casa ya oscura también, y la busqué.
Abrí con miedo su habitación, ahora era solo suya (doble uso individual, dicen…) y palpé recelosa el colchón hasta que mi mano encontró su cuerpo, estaba retorcido, formas curvadas consumidas, como un gusano, blando, indefenso, inundado en lágrimas. La abracé y me quedé dormida. No lloré. Dormí durante meses en el lugar de la cama que él dejó, que el me cedió, quizás.

Pero no lloré. Nunca lloré, bastante lloró el cielo aquella noche, la noche del picaporte en forma de interrogación.

Date: julio 22nd, 2012 | Categories: Blog, Relatos cortos | By: | Tags: , , , | Comments: 0

Comentar esta entrada:

Deja un comentario