Bicicletas y sueños…

Había entrado para sustituir a Geli. Durante un mes me encargaría de los más pequeños, de un año hasta los diez, intentando que esas mañanas veraniegas entre ellos se asomaran a sus inocentes ojos, a esos ojos lánguidos, sin apenas expresión y con restos todavía, cuando yo llegaba,  de legañas. Apenas si conseguían abrirlos cuando ya se les escuchaba el llanto.

Estaba emocionada e ilusionada. Ya tenía experiencia en ese campo, pero llevaba un tiempo sin encontrar trabajo y a eso le añadía la necesidad de mantener mi mente distraída. La emoción de poder extraer de aquellos rostros inocentes una sonrisa me despertaba todas las mañanas extraordinariamente alegre.

Apenas si reparé en ella los primeros días. No coincidíamos demasiado. Yo iba y venía de la guardería al despacho y siempre me encontraba activa por lo que no tenía prácticamente tiempo de reparar en nada que no fueran mis niños y yo. Sí observé que mantenía escasa relación con el resto.

Aparentaba cincuenta y pico, aunque el pico no sabría ponerlo. Tenía el rostro agradable, de facciones suaves; destacaba la nariz recta, bien alineada y la boca de labios finos, pintados de un rojo intenso. Media melena lisa, cuidada y trigueña, con el flequillo siempre echado hacia atrás,  cogido con dos horquillas en la parte de arriba.

Llamaban la atención los dos hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír. Los ojos apagados y tristes. Muy tristes.

Participaba escasas veces de la conversación que surgiera. Llegaba,  y tras los buenos días o las buenas tardes de rigor y de buena educación, se sentaba en su mesa y se concentraba en su ordenador. Se la veía encoger, encoger… Como estaba de espaldas al resto, nadie era capaz de sacarla de su aislamiento.

Yo la observa hacer  sin decir palabra y sin que ella se diera cuenta. Sabía que era la más veterana y la que más experiencia acumulaba con aquellos chiquillos, así que de cuando en cuando le preguntaba y ella me explicaba sin decir una palabra de más.

Acechaba el gran trabajo que de vez en cuando se entreveía que realizaba con ellos. Se notaba ternura, y ellos la adoraban. Se percibía. Según la veían, le ofrecían la manita, y algunos, con su lengua de trapo la llevaban hacia su rincón y le enseñaban la muñeca a la que le faltaba una pierna  o el coche al que le fallaba la rueda. Ella los abrazaba uno a uno y con gran paciencia acunaba su muñeca o intentaba reparar el coche.

Cómo se dirigía a ellos, cómo los escuchaba, cómo los acariciaba o cómo calmaba su angustia si lloraban…. Se le iluminaban los ojos y brillaban con luz propia.

Después volvía a encogerse en aquella silla y nos ignoraba como parte  del mobiliario. No se notaba su presencia hasta que otro reclamaba su atención.

Ella se implicaba. Y lo disfrutaba.

La transformación que experimentaba su rostro al contemplarlos contrastaba con aquel otro rostro severo, hosco, huraño y de amargura vital que nos regalaba a las demás el resto del tiempo.

Quise en varias ocasiones, sobre todo cuando  quedábamos a solas, iniciar  una conversación,  por ver si la admiraba o la odiaba, pero ella cortésmente contestaba y después callaba. Sólo conseguía su atención cuando hablaba de temas laborales relacionándolos con la labor que allí se desarrollaba. Entonces sí, entonces demostraba toda su profesionalidad a la hora de argumentar y alzar su voz para defender a ultranza a los más pequeños con los que trabajaba.

Una tarde,  la conversación nos llevó por derroteros personales.

Estábamos hablando de cosas que podíamos hacer y que nos gustaría hacer cuando entró ella. Cortamos la conversación, pero, al momento,  yo proseguí:

- Es que nunca la tuve

- ¿Como no ibas a tener?

- Que no -dije, insistiendo- Me daba miedo y no la quise. Y mis padres no me la compraron.

- ¡Pero si todo el mundo la tuvo de pequeña!

-      Pero yo no. Ahora les echo la culpa por no haber insistido, pero os juro que no me la compraron. ¡Qué padres le hacen caso a una cría y no le compran una bicicleta!

- ¿Y no sabes andar en bici? ¿De verdad? ¡Pero si todo el mundo sabe andar en bici!

- Yo tampoco – dijo ella.

 Y por primera vez  su mirada y la mía se cruzaron y se reconocieron.

-  Yo tampoco tuve bicicleta de pequeña y nunca aprendí. Y ahora no soy capaz… Todos los veranos me propongo aprender y me pongo a ello pero finalmente desisto…

Era una mirada limpia, tierna, y triste, muy triste, como si todas las experiencias de su vida le hubieran dejado una huella infinita, como si todo su mundo se le hubiese caído encima y la hubiese encogido,  haciéndola pequeña, muy, muy pequeña, enfrascada en su mundo y en su ordenador.

Al día siguiente, envuelta en papel de seda blanco, traía una bicicleta de juguete para mí.

Date: octubre 10th, 2014 | Categories: Blog, Vuestras Voces | By: | Tags: , , , , , | Comments: 0

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